Hay una voz que muchos directivos escuchan en silencio y casi nadie confiesa. Es la que susurra que su puesto es un golpe de suerte y que algún día alguien descubrirá el engaño. Esa voz tiene nombre y apellidos en psicología.

El síndrome del impostor describe esa sensación de fraude que sienten personas muy capaces. Creen que no merecen su cargo, por mucho que los resultados digan lo contrario. Y cuanto más responsabilidad asumen, más fuerte suena la alarma interna.

El fenómeno no es una rareza de unos pocos inseguros. Diversos estudios calculan que cerca del 70 por ciento lo experimenta alguna vez en su vida profesional. En puestos de dirección, el porcentaje sube en lugar de bajar.

Conviene tomárselo en serio, porque su coste es alto y silencioso. Un directivo que se siente un fraude evita decisiones difíciles y sobrecarga su agenda para demostrar que vale. Ese patrón termina pasando factura a su salud y a su equipo.

La buena noticia es que el síndrome del impostor se puede entender y manejar. No se cura fingiendo una seguridad que no se tiene. Se maneja con autoconocimiento, con datos y con una idea distinta de lo que significa liderar.

En las próximas líneas verás qué es, por qué golpea a los mandos intermedios y qué señales lo delatan. También cómo plantarle cara sin caer en la arrogancia. La idea es darte herramientas, no un diagnóstico clínico.

Qué es el síndrome del impostor

El término lo acuñaron las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes a finales de los años setenta. Lo definieron como la incapacidad de interiorizar los propios logros pese a la evidencia externa. Quien lo sufre atribuye su éxito a la suerte o al error ajeno.

La mecánica es siempre parecida y bastante cruel. La persona fija un listón altísimo y, cuando lo alcanza, no lo celebra. Da por hecho que cualquiera habría llegado igual, así que el mérito no cuenta como suyo.

El resultado es una rueda de la que cuesta bajarse. Cada nuevo logro sube la exigencia en lugar de dar tranquilidad. Y cada error, por pequeño que sea, confirma el miedo de fondo a ser descubierto.

Por qué golpea más a los mandos intermedios

Directivo afrontando el síndrome del impostor

El mando intermedio vive en una tierra de nadie que alimenta la duda. Tiene que responder ante la dirección y liderar a un equipo al mismo tiempo. Rara vez recibe la formación que ese doble papel exige.

A muchos los ascendieron por su brillantez técnica, no por su talento para liderar. De un día para otro pasaron de ejecutar a decidir sobre personas. Ese salto sin red hace que la voz del impostor suene más alto.

La presión constante remata el cuadro. Cuando alguien lidera sin herramientas ni respaldo, su bienestar se resiente y la inseguridad crece. El miedo a no dar la talla se convierte en compañero de viaje diario.

El problema es que ese miedo no se queda dentro de la persona. Un jefe que duda se blinda, controla en exceso y delega poco. Así erosiona el compromiso del equipo sin darse cuenta de lo que provoca.

Señales de que lo estás sufriendo

Reconocer el patrón es el primer paso para desactivarlo. Hay señales que se repiten en casi todos los casos y que conviene nombrar. Si varias te resultan familiares, merece la pena prestarles atención.

La primera es restar valor a tus logros de forma automática. Cuando te felicitan, respondes que fue suerte o que el equipo hizo el trabajo. Nunca aceptas el mérito como algo tuyo y merecido.

La segunda es el exceso de preparación por miedo a quedar en evidencia. Trabajas de más, revisas cada detalle y aun así sientes que no basta. La tercera es evitar retos nuevos por temor a que se note que no sabes tanto.

Cómo superar el síndrome del impostor sin fingir

La salida no pasa por aparentar una seguridad de cartón. Pasa por cambiar la relación que tienes con el error y con tus propios datos. Liderar bien no significa saberlo todo, significa decidir con criterio pese a la duda.

El primer ejercicio es llevar un registro objetivo de tus resultados. Anota decisiones, logros y aprendizajes con fechas y números. Cuando la voz del impostor aparezca, tendrás pruebas concretas que la contradigan.

El segundo es hablar de ello con alguien de confianza o con un mentor. Poner la duda en palabras le quita gran parte de su fuerza. Descubrirás que muchos directivos brillantes cargan con el mismo peso en silencio.

El tercero es aceptar que el liderazgo imperfecto también funciona. Nadie tiene todas las respuestas y quien lo aparenta suele mentir. Puedes trabajar tu autoliderazgo para gestionar la inseguridad en lugar de dejar que te gestione a ti.

El síndrome del impostor no desaparece del todo, y tampoco hace falta. Bien gestionado, incluso empuja a mejorar y a no caer en la soberbia. La clave es que no tome el mando de tus decisiones ni de tu descanso.

El coste del síndrome del impostor, en datos

Distintos estudios sobre autopercepción profesional sitúan en torno al 70% el porcentaje de personas que experimentará el síndrome del impostor en algún momento de su carrera. Entre directivos y mandos intermedios, el fenómeno es especialmente frecuente, porque el ascenso llega antes de que la persona sienta que domina de verdad el puesto anterior.

El coste empresarial no es abstracto. Un directivo que duda constantemente de su criterio tarda más en decidir, delega peor porque necesita controlarlo todo para sentirse seguro, y evita exponerse en reuniones donde su opinión sería valiosa. La empresa pierde el criterio de esa persona justo cuando más lo necesita.

Y hay una paradoja que rara vez se nombra: el síndrome del impostor suele afectar más a las personas competentes y autoexigentes que a las mediocres. La incompetencia rara vez se cuestiona a sí misma.

Cómo aparece según cada perfil de la matriz FAUNA

El síndrome del impostor no se manifiesta igual en todos los perfiles de liderazgo.

El Jaguar lo oculta detrás de un exceso de contundencia. Cuanto más duda por dentro, más tajante suena por fuera, y eso confunde a quien lo rodea.

El Orangután lo canaliza en un exceso de búsqueda de validación externa, necesitando la aprobación constante de sus superiores para sentirse legítimo en el puesto.

El Camaleón lo vive adaptándose tanto a las expectativas ajenas que pierde de vista su propio criterio, lo que alimenta todavía más la sensación de no merecer el puesto.

El Cocodrilo lo esconde tras el cinismo, restando importancia al puesto antes de que alguien pueda cuestionar si lo merece.

En las sesiones de mentoring que hago con directivos, uno de los momentos más reveladores es cuando alguien admite, por primera vez en voz alta, que lleva años sintiendo que en cualquier momento «van a descubrir» que no está a la altura. Casi siempre se sorprenden al saber que la persona sentada a su lado siente exactamente lo mismo. El síndrome del impostor no se supera fingiendo seguridad. Se supera hablando de él con quien puede entenderlo sin juzgarlo.

Una distinción que ayuda más que cualquier frase motivacional

Hay una distinción que ayuda más que cualquier frase de autoayuda: no confundir sentir dudas con no estar preparado. Un directivo competente duda porque es consciente de la complejidad de sus decisiones, no porque le falte capacidad. La duda, en dosis razonables, es parte del criterio bien calibrado, no su ausencia.

El problema no es sentir la duda. Es dejar que la duda decida por ti: no presentarte a esa promoción, no defender tu postura en una reunión importante, no aceptar un reto porque «seguro que hay alguien mejor preparado». Ese alguien mejor preparado casi nunca existe, existe solo en la comparación interna que te haces a ti mismo en tus peores momentos.

El síndrome del impostor no desaparece con un discurso motivacional de fin de semana. Se gestiona con evidencia acumulada: escribir, literalmente, los logros concretos de los últimos meses, y volver a esa lista cuando la voz interna insista en que no mereces estar donde estás.

Jordi Alemany es consultor de liderazgo y cultura organizacional, autor de Liderazgo Imperfecto, El Efecto Láser y La Posición Más Jodida del Organigrama, y co-autor de La Carrera Infinita junto a Rafa Sarandeses. Ha formado a más de 25.000 mandos intermedios en más de 20 países. Forbes le reconoció como Best Business Influencer en 2022 y Best Content Creator en 2023.

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