El 59% de los trabajadores en España reconoce que no logra desconectar del todo durante sus vacaciones, según el último análisis de InfoJobs sobre desconexión digital en verano. La cifra ha mejorado frente al 74% de 2021, sí.

Pero sigue significando que, de cada 10 personas que hoy están tumbadas en una toalla, 6 llevan la oficina metida en la maleta.

Y el dato se pone más interesante cuando se abre por nivel jerárquico. El 47% de directivos sigue conectado «siempre que sea necesario» en pleno agosto. Entre mandos intermedios, la cifra baja al 30%, no porque desconecten mejor, sino porque muchos ya han dejado de creer que su desconexión le importe a alguien.

Entre autónomos, el 90% no desconecta nunca fuera de su horario laboral. Cuanto más se acerca alguien al centro de la estructura, más se le exige que la lleve a cuestas, incluso mientras finge estar de vacaciones.

El McKinsey Health Institute, en su análisis de salud laboral en 30 países, mide lo mismo desde otro ángulo: el 22% de los trabajadores del mundo presenta síntomas de burnout, y en 29 de esos 30 países más de un tercio de las personas encuestadas dice sentirse agotada. No cansada un martes cualquiera. Agotada como estado permanente.

Y lo que hay detrás no tiene tanto que ver con gestionar mejor el tiempo. Tiene que ver con un cerebro que, a fuerza de costumbre, ya no distingue entre currar y descansar. Sigue encendido aunque el cuerpo esté tirado en la arena.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lo diagnosticó antes de que ningún informe lo midiera. En La sociedad del cansancio describe una sociedad donde ya no hace falta un jefe vigilando para que alguien se explote a sí mismo: «el explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse.» Al workaholic no le prohíbe nadie desconectar en agosto. Se lo prohíbe él mismo, convencido de que su disponibilidad permanente es libertad y no una nueva forma de obligación.

Es también, de paso, pura biología. El cuerpo necesita 3 o 4 días sin tocar nada de trabajo para que baje el cortisol acumulado. Si esos primeros días se van en mirar el correo «por si acaso», nunca llega a relajarse de verdad.

Se vuelve de vacaciones con el bronceado. Sin haber descansado.

No todo el mundo que no desconecta arrastra el mismo problema, ni necesita el mismo remedio. Hay quien no puede parar. Hay quien ya no le queda energía ni para eso. Y hay quien, sencillamente, dejó de importarle el trabajo lo suficiente como para que las vacaciones supongan una diferencia.

En este número de In 7 Minutes vamos a diagnosticar los 5 perfiles que definen cómo se relaciona de verdad cada persona con su trabajo, la relación que las vacaciones ponen encima de la mesa con una claridad que el resto del año disimula. Vamos a ver qué le pasa al workaholic cuando se le quita la excusa de la agenda llena. Vamos a hablar del quemado que se va de vacaciones con el cuerpo y se queda trabajando con la cabeza. Y vamos a hablar del perfil que, sin ser mayoría, demuestra que desconectar de verdad sigue siendo posible.

Te lo cuento en 7 minutos. ¿Me acompañas?

El workaholic: la agenda como sistema de regulación emocional

El workaholic no revisa el correo en vacaciones porque haya una urgencia detrás. Lo revisa porque necesita hacerlo para calmar una ansiedad que el trabajo lleva años tapando.

La escala de adicción al trabajo de Bergen sitúa la prevalencia entre el 7% y el 10% de la población activa, según el país. Pero el dato que más dice de nuestra cultura corporativa es otro: en Estados Unidos, casi la mitad de los trabajadores, un 48%, se autodenomina workaholic, muy por encima de ese criterio clínico.

Nos hemos acostumbrado tanto a glorificar la sobrecarga que hasta la usamos como etiqueta de orgullo en la barra del bar. «Es que yo no sé parar», dice, con la misma sonrisa con la que otros presumen de un ascenso.

Han también explica por qué este perfil rara vez pide ayuda cuando se rompe: «quien fracasa en la sociedad del rendimiento se hace responsable a sí mismo y se avergüenza.» Lo vive como una falta de carácter que hay que esconder, no como el desgaste normal de años sin soltar la agenda. Y así, el ciclo se repite un verano más.

Si te has visto reflejado en este perfil, hay una forma rápida de salir de dudas: test gratuito para saber si eres workaholic. Tres minutos.

El quemado: cuerpo en la piscina, cabeza en el email

Es el perfil que más me encuentro en formaciones con mandos intermedios, y el que peor se diagnostica desde fuera: parece que está de vacaciones. Físicamente lo está.

Las tres dimensiones del burnout que describió Maslach hace décadas, agotamiento emocional, cinismo y baja realización personal, siguen ahí aunque haya piscina delante. El agotamiento le impide disfrutar. El cinismo le hace pensar que nada de lo que haga al volver va a cambiar nada. Y la sensación de ineficacia le persigue hasta debajo de la sombrilla, rumiando la reunión de septiembre tres semanas antes de que exista.

El día que me rompí, de Alex Ferrando

Alex Ferrando lo cuenta en primera persona en El día que me rompí. Once años en puestos de responsabilidad, siempre localizable, durmiendo con el teléfono en la mesilla y el volumen alto, «por si acaso». Ese «por si acaso» fue, durante años, la frase que mejor explicaba su vida entera, hasta que el cuerpo dejó de aceptar que aquel cansancio fuera el precio normal de aspirar a algo. El libro cuenta la caída sin suavizarla, y cuenta sobre todo lo que vino después: un proceso de recuperación largo y nada lineal. Puedes leer las primeras páginas aquí.

Si esto te suena más a ti que al workaholic, este otro test lo confirma en unos minutos: test gratuito de burnout.

El ni fu ni fa: la indiferencia como mecanismo de defensa

Este perfil no sufre en vacaciones porque hace tiempo que dejó de sufrir por el trabajo, punto. Eso parece paz. Es, más bien, resignación con nombre de equilibrio.

Ha aprendido a hacer lo justo, a no esperar nada, y a proteger su energía retirándola de un lugar que sintió, en algún momento, que no se la iba a devolver. Que desconecte bien en agosto es lo de menos. Lo importante es que lleva desconectado, por dentro, los doce meses del año, y ninguna encuesta de clima lo va a pillar mientras siga entregando lo mínimo sin quejarse.

El actor vacacional: la desconexión que se publica pero no se vive

Es el perfil más moderno de los cinco y el más fácil de confundir con el que sí lo hace bien. Publica la puesta de sol, la piña colada, el «offline hasta septiembre» en su firma de correo.

Y revisa el móvil igual, solo que a escondidas, con la culpa de haber roto en público una promesa que se hizo a sí mismo. El 42% de quienes no desconectan en vacaciones, según InfoJobs, lo hace por sentido de obligación. Buena parte de ese porcentaje son personas de este perfil, atrapadas entre lo que dicen que hacen y lo que de verdad hacen cuando nadie mira.

El filósofo José Carlos Ruiz le puso nombre a este mecanismo antes de que existieran los formatos actuales de Instagram: lo llama «bulimia emocional», la necesidad de consumir una experiencia y devolverla de inmediato a las redes, convertida por el camino en algo efímero y poco significativo. Y añade la pieza que explica por qué ni el tiempo libre se libra: «se incita a extraer la máxima productividad, el máximo provecho de nuestro tiempo libre.» Hasta desconectar se ha vuelto una tarea que hay que hacer bien, y sobre todo, enseñar que se ha hecho bien.

El que de verdad desconecta: la minoría que demuestra que sí se puede

Es el perfil menos común, y el que más cuesta mirar de frente, porque obliga al resto a preguntarse qué está haciendo distinto. Carga con la misma responsabilidad y el mismo peso que cualquiera.

Ha entendido, eso sí, que el autoliderazgo empieza por decidir con antelación qué va a proteger y qué va a soltar durante dos o tres semanas al año. Solo el 29% de los trabajadores españoles dice conciliar con facilidad su vida laboral y personal, frente al 35% del año anterior. Lleva años entrenando la disciplina de no confundir estar disponible con ser valioso, y ese porcentaje que se reduce cada verano es, en el fondo, el suyo.

Ver estos 5 perfiles uno al lado del otro deja una conclusión difícil de tragar para cualquier dirección de RR.HH.: las vacaciones no crean el problema, solo lo hacen visible durante dos semanas al año. Los cuatro primeros llevan meses mandando señales que la empresa no ha querido leer, porque leerlas obligaría a rediseñar cargas de trabajo y la cultura que premia a quien nunca dice que no.

Volver de vacaciones sin haber cambiado nada de eso es enviar a cada uno de estos perfiles de vuelta al mismo sitio que los fabricó.

El mando intermedio juega aquí un papel decisivo. Ve de cerca, semana a semana, qué perfil está desarrollando cada persona de su equipo, mucho antes de que la encuesta de clima anual lo convierta en un número. Puede normalizar que alguien conteste un correo en pleno domingo de vacaciones, o puede ser la primera barrera que impida que esa costumbre se instale como cultura. Esa diferencia se decide en decisiones pequeñas y diarias que nadie audita.

Tres preguntas antes de seguir leyendo

Si eres mando intermedio, háztelas a ti mismo. Si lideras el área de personas, llévalas a la conversación de vuelta de vacaciones con tu equipo directivo.

¿Sabes en cuál de estos 5 perfiles se reconoce cada persona de tu equipo, o solo tienes la sensación difusa de «quién parece cansado» y «quién parece que va bien»?

¿Cuántas de las señales que vas a ver la primera semana de septiembre, caras largas, respuestas cortas, alguien que ya no propone nada en las reuniones, llevan ahí desde julio sin que nadie las nombrara en voz alta?

¿Qué vas a hacer distinto este año para que, dentro de doce meses, esa foto de perfiles no sea idéntica a la de ahora?

¿Hora de actuar?

Si te has reconocido en alguno de estos 5 perfiles, o has reconocido a alguien de tu equipo mientras leías, esto no se soluciona con un mensaje de «espero que hayas desconectado» el primer día de vuelta a la oficina.

Escribí La Posición Más Jodida del Organigrama precisamente para poner nombre y diagnóstico a lo que le pasa a quien ocupa el centro del organigrama: la hemorragia de compromiso y la crisis de burnout que sufren los mandos intermedios, contada desde dentro.

Si el workaholic, el quemado o el actor vacacional de este artículo te han sonado a alguien de tu equipo, o a ti mismo, en el libro encontrarás el diagnóstico completo. Puedes leerlo gratis: las 20 primeras páginas del libro en Amazon, y decides tú mismo si te interesa.

Fernando Rubio sujetando La Posición Más Jodida del Organigrama con el mar de fondo

Ayer me escribió Fernando Rubio, un lector, con esa foto: el libro en la mano, el mar detrás. Me dijo que este fin de semana lo íbamos a pasar juntos, porque se lo iba a pasar leyéndolo.

Qué paradoja. Una forma de desconectar sin desconectar del todo del trabajo. El propio Fernando, sin saberlo, se acaba de convertir en el sexto perfil de este artículo: el que descansa leyendo sobre por qué no descansa. Y aun así, elegir qué te lleva a la cabeza en vacaciones ya es un acto de autoliderazgo. Revisar el correo por miedo y abrir un libro por curiosidad no pesan igual, aunque las dos cosas parezcan «seguir enganchado al trabajo».

Saber en qué perfil te reconoces es el primer paso. Convertirlo en un cambio de verdad pide herramientas y alguien al lado mientras lo pones en marcha. Para eso están los programas CREA Liderazgo y CREA Carrera, en mimentoria.net: acompañamiento 1:1 para llevar lo que acabas de leer a un plan concreto, no a otra idea más que se queda en la lista de propósitos de septiembre.

Puedes volver a septiembre siendo el mismo perfil del año pasado, o puedes usar estas dos semanas para cambiarlo. Lo único que ya no puedes hacer, después de leer esto, es fingir que no sabías en cuál estabas.

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